miércoles, 1 de enero de 2014

El tiempo pasó.

El tiempo pasa. Eso es innegable e imposible de perturbar. El tiempo, esa concepción de algo que no podemos aprehender. No hay nada que podamos hacer para impedir que así suceda, no podemos cambiar ese incesante transcurrir.

Hay muchas cosas que quedan fuera de nuestra capacidad de modificar y/o acondicionar a nuestra conveniencia. Existen muchos fenómenos que sólo sirven para demostrar la futilidad de nuestra existencia como individuos. Tenemos que reconocer también que podemos modificar muchos aspectos del entorno para nuestro beneficio, aunque éste sea a corto o mediano plazo. Podemos construir y destruir de manera significativa para satisfacer tal o cual necesidad. Somos capaces de adaptarnos a diferentes circunstancias con el simple propósito de sobrevivir; tal es el caso de las inclemencias del tiempo, las regiones geográficas donde nos asentamos y recidimos, las formas de gobierno, el envejecimiento de nuestros cuerpos, las nuevas relaciones que entablamos hasta en las tendencias de comportamiento y vestido. Nos adaptamos para seguir viviendo y eso es una gran capacidad que nos ha permitido estar en éste lugar.

Sin embargo el tiempo no deja de transcurrir y también nos adaptamos a ello. No sólo el tiempo biológico que nos permite evolucionar como individuo sino también aquella concepción abstracta que nos rige sin pedir consensos.

Nos adaptamos a todo y aquellos que no logran adaptarse no son capaces de seguir aquí. El que no se adapta o acondiciona inevitablemente muere. El mejor ejemplo de ésto son las enfermedades; es gracias a nuestra capacidad de modificar las condiciones inmediatas de nuestro contexto lo que nos ha permitido desarrollar tecnologías para beneficio propio, hablo en particular de vacunas y tratamiento para combatir las enfermedades que existen. Viruela, sarampión, varicela, gripe, polio, tuberculosis, cáncer y hasta SIDA hoy día no resultan fulminantes para nosotros. Me refiero a que pese a su existencia y que generen muertes, no resultan apocalípticas para nuestra especie.

Pero qué sucede cuando no podemos curarnos de algunas enfermedades, ¿qué pasa cuando no somos nosotros quienes se adaptan? Entonces somos quienes morimos. Adaptarse o morir. Ése ha sido el moto durante siglos de la evolución y supervivencia. No me atrevo a decir que de la vida en general puesto que pecaría de petulante, yo no sé de la vida ni me jacto de entenderla.

Es irremediable, quien no se adapta muere. Tal fue el caso de mi abuela, no se adaptó. Resulta ser que el cáncer es una de las mutaciones celulares con mayor capacidad de adaptarse a los organismos vivos en los que se desarrollan. Es cierto que tenemos muchas herramientas y tecnologías diseñadas para reducir drásticamente las complicaciones de éste; no fue posible con Martha Beatriz. Puedo resultar simplón y enunciar que fue ella quien no se adaptó y por consecuencia murió, puedo echarle la culpa a medio mundo, inclusive puedo culparme a mí por su muerte pero no soy un simplón.

Todas las consecuencias se generan a partir de un cúmulo de decisiones. No existe un factor exclusivo para la condición en las que se encuentra cada uno de nosotros, son muchas cosas que van intercalándose y definiéndonos como individuos y a su vez como grupo o sociedad si les agrada más el término.

Hace dos años fue la última cena de año nuevo de Martha Beatriz. No les voy a contar como existía la desesperación por la incertidumbre, tampoco el ambiente tan decaído que hubo esa vez. Seamos sensatos, nadie puede asegurar cuando será la última vez que hagan ésto o aquello. Si iba a ser la última cena tendría que ser una buena cena, ¿por qué no? La cena fue.

El fin de año subsecuente llegó como esta calendarizado y así también una de las cenas más melancólicas en las que he estado. No resulto de lo más cómodo estar ahí. Todo mundo seguía intentando hacerse a la idea de que ni ella ni su hija estaban. Los meses subsecuentes fueron pasando sin tomar en cuenta nada de lo sucedido. El tiempo seguía pasando.

Mi abuela está muerta. De ésto hace ya dos años y el tiempo no ha dejado de transcurrir. El lugar de mi abuela esta vacío y nadie se queja de ello, todos han aprendido que está ausente. Se cumplió el duelo debidamente, hay quienes se siguen entristeciendo pero saben que es imposible decir que no es cierto. El tiempo pasó y nos adaptamos a su muerte.

Ntehni.